12 ene. 2015

Improntetasa

Después de algo más de año y medio sin escribir ninguna entrada en este blog, me he decidido en respuesta al desafío que han lanzado en twitter Francis Villatoro y Arturo Quirantes con el #lunesTetas.
Cuando pensé sobre qué iba a escribir, lo primero que me vino a la mente fue Konrad Lorenz y sus estudios sobre la impronta. Desde un punto de vista biológico se define impronta como el "Proceso de aprendizaje que tiene lugar en los animales jóvenes durante un corto período de receptividad, como consecuencia del cual aprenden una serie de reacciones estereotipadas frente a un modelo". Quisiera establecer esta relación entre tetas e impronta, ya que es indiscutible el efecto que producen las tetas en el ser humano, alcanzando un protagonismo con el que no ha rivalizado ningún otro órgano, incluido el cerebro.
La pregunta sería ¿por qué son tan importantes las tetas en la etología del ser humano?. Eso me ha llevado a pensar en la posibilidad de que sea la impronta la que condiciona tal protagonismo. En la mayoría de las ocasiones, la primera imagen que focaliza el ojo del recién nacido es la teta materna. Es, en ese preciso instante, cuando se deben desencadenar en el cerebro del bebé los mecanismos asociativos de teta-alimento-supervivencia. Y ese vículo se reforzaría con la lactancia.


Como complejos sistemas multienzimáticos que somos, tal mecanismo asociativo debe estar regulado  por alguna molécula, a la que he bautizado (licencia del autor) como "Improntetasa".Y voy más allá en mi fabulación. Dicha molécula se sintetizaría en el sistema límbico en alguna zona cercana a la amígdala cerebral, lo cual contribuiría a relacionar la imagen de la teta con la memoria, atención, instintos sexuales y emociones.
Todavía queda mucho por investigar con respecto a la impronta etológica en el ser humano, por eso esta utópica hipótesis de la improntetasa, se podría llevar a cabo comparando la atracción que ejercen las tetas entre individuos que tuvieron una lactancia normal y otros que no tuvieron contacto ni lactancia materna.
Sigamos con la hipótesis. Esta impronta de la teta se mantendría intacta en los primeros años de vida del ser humano y posteriormente modificada durante el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios. En ambiente hormonal de estrógenos, la imagen de las tetas se comenzaría a relacionar con estatus social. Para las adolescentes, tener las tetas grandes se asociaría a obtener un mayor éxito, protagonismo y atractivo social, por eso también es normal en las mujeres, mirar las tetas vecinas y establecer comparaciones y rivalidades.


En cambio, en un ambiente de testosterona, la imagen de las tetas empieza a adquirir fuertes connotaciones sexuales, manteniéndose su vínculo con el sistema límbico, lo cual causaría la influencia que todos conocemos, en el comportamiento masculino. Es difícil para un hombre apartar la vista de unas tetas o un canalillo sugerente, resultando inútil al neocórtex controlar la situación hasta que no desaparece el estímulo visual.


Perdonadme la poca rigurosidad científica de este post, pero las risas que me he echado escribiéndolo, no me las quita nadie.

1 comentario:

Cecilia del Castillo Moro dijo...

Hace tiempo leí que en la cultura esquimal, los pechos no tenían relación alguna con la sexualidad. ¿Será por el frío o será más cultural que biológico?